viernes, 4 de octubre de 2013

PARA SER LIBRES HAY QUE SOLTAR


PARA SER LIBRES HAY QUE SOLTAR

Hay cosas que nos duelen y queremos soltar. Nos da miedo el dolor del desprendimiento o afrontar una batalla. El dolor continuo es resultado del apego que tenemos hacia lo que nos lastima. Renunciando al apego que tenemos por lo que nos hiere, el desprendimiento es menos doloroso, indoloro o incluso gozoso.

Sólo soltar, con intención pura, facilita las cosas.
Hay cosas que nos lastiman en la vida. Pueden ser pensamientos, hábitos, palabras (sobre todo las que nos decimos a nosotros mismos), relaciones, trabajos, comidas, sustancias, etc. Algunas veces nos aficionamos a ellas y otras sentimos que estamos esclavizados por ellas, y que no las podemos dejar. Sin importar cuán fácil o difícil te parezca esto que voy a decir, lo cierto es que en ambos casos lo único que hace falta que se tome con seriedad es la decisión de soltar.

El apego nos obliga a vivir con el verdugo. Una vez más, ya sea por afición o por esclavitud, nos acostumbramos a vivir hiriéndonos o recibiendo agravios, y nos apegamos a ello. Abrazamos el sufrimiento. Nos obligamos a convertirnos en víctimas, y para toda víctima hay un verdugo, ya sea este verdugo un pensamiento, una emoción, una persona, una sustancia o un trabajo insatisfactorio. Todo esto a través del apego.

Los vómitos, las diarreas, las peleas, los levantamientos en armas, las noches insomnes, los días llorando, las separaciones que duelen físicamente, etc., existen porque son manifestaciones muy fuertes de un desprendimiento de algo a lo que teníamos un apego firmemente arraigado en muchos niveles. O de algo que nos estaba intoxicando. Sólo con una manifestación así de fuerte fue posible la desintoxicación o la liberación. Pero no necesariamente imprescindibles. Sólo fueron una forma de soltar. Una forma de soltar que quizás no hubiera sido necesaria si hubiéramos soltado desde que nuestra mente supo, o nuestro cuerpo nos advirtió, que algo andaba mal y debía ser cambiado o abandonado. Hay manifestaciones poderosas o espectaculares de desprendimiento, tanto físico como mental, pero son sólo manifestaciones de lo único necesario: soltar.

Las enfermedades, los dolores, la pobreza, etc. Existen como indicaciones poderosas de que algo no está bien y debe ser transformado o abandonado. Algo debe ser corregido. Es decir, los dolores muy grandes no son sino agentes que buscan persuadirnos de que hay algo que soltar. Si te hiere o te profana, suéltalo. El mensaje es claro.

El objetivo de este texto es invitarte a que te desprendas de lo que te lastima.

Y a que no tengas miedo de hacerlo. Sabe que no necesariamente sufrirás. El sufrimiento será únicamente un indicador de cuán apegado estabas a lo que ultrajaba (casi todo aquello de lo que te tienes que desprender es interno, o tiene sus bases en un estado interior). Sabe que puedes liberarte de tu sufrimiento sólo con renunciar al apego que tienes por aquello que te lastima.

Con sólo renunciar a nuestro apego podríamos liberarnos de nuestro dolor y minimizar, o incluso anular, el dolor del desprendimiento.

Lo único que necesitamos es soltar. Elegiremos la forma, si podemos, o aceptaremos la más viable, si no; pero se mantendrá siendo verdad el hecho de que lo único que necesitamos para liberarnos del mal fue renunciar al apego que tenemos por lo que nos causa daño. Lo único que necesitamos es soltar.

Sufrimos porque abrazamos el sufrimiento. O porque abrazamos las causas del sufrimiento que, sintiéndose placenteras en el presente, nos atan irremisiblemente a una desdicha futura.

Decidiendo soltar el sufrimiento o sus causas, nos liberaremos de él.

Renunciemos al daño, dejando de abrazar a este indigno compañero de viaje. Y en su lugar estará listo el gozo, recibiéndonos con los brazos abiertos.

Sin apego por lo que no es bueno para nosotros. Sin miedo al desprendimiento.

Lo único que necesitamos para ser libres, es soltar.